Una dieta cinéfila

Van Damme y John Ford no son incompatibles, todo es cine


Tras muchos requerimientos por parte de Edu González, finalmente me animo a participar de forma activa en “Vivir el Cine”. Al ser ésta mi primera entrada, más que empezar con la crítica de alguna película, prefiero exponer la idea que tengo del Cine, mi visión personal.

Para mí el Cine supone un modo de vida. En “El secreto de sus ojos” de Campanella vemos lo importante que es la pasión de uno, pues define su vida y es inmutable, más que una profesión o una afición para pasar el rato. Aunque es cierto que las pasiones suelen encauzarse en aficiones, y quien tiene suerte, en su profesión también, alcanzando, supongo, algo muy parecido a la felicidad.

En mi caso, esta pasión posiblemente sea el Cine. Hay quien diría que tengo más, sobre todo si veis mi blog personal  –actualmente bastante abandonado–, pero es posible que, comparados con el Cine, sean nada más que aficiones ligeras, intereses más o menos profundos… pasatiempos.

Pero el Cine lo percibo de una forma que pudiera considerarse burda por algunos entendidos. Me explico. Pienso que una persona como yo, que entiende el Cine como una necesidad vital, tiene que ver una cantidad bastante elevada de películas en su dieta. Lógicamente, esto nos lleva a una progresiva reducción de la calidad media de las películas que nos faltan por ver, puesto que nos llevamos a los ojos en primer lugar las que creemos mejores de entre las que nos apetecen.

Si mantenemos el ritmo de consumo de películas, nos condenamos a un decaimiento continuo de la calidad media de lo que consumimos (una especie de desalentadora Segunda Ley de la Termodinámica cinéfila). Año tras año las producciones notables se producen siempre en menor cantidad que las mediocres; el talento escasea, y el genio es más bien improbable por definición. Esto obliga a seguir una “dieta equilibrada”, y es aquí donde discrepo de los cinéfilos más puristas. No todo va a ser caviar, más que nada porque es escaso en sí mismo, por lo que hay que tomar comidas mundanas, pero no por ello malas. Unos huevos con jamón cinéfilos –que es una importante cantidad de las producciones de siempre y los estrenos–, salpicados de caviar, junto con otros alimentos intermedios. No siempre hay que ir a El Bulli cuando apetece un kebap.

Por supuesto, a veces en el día a día los huevos con jamón se nos pueden quemar, pero no por ello dejamos de comerlos necesariamente. Como rascando una tostada ligeramente carbonizada en un desayuno poco atendido, ¡cuchillo y pa’ adentro! Resumiendo, ver alguna película floja o directamente mala es inevitable –es el precio de las exploraciones cinéfilas–, pero también hay que saber decir que no.

También hay rachas, antojos, y en esto el cine es más flexible que una dieta alimenticia. Imaginemos que nos da durante un tiempo por ver melodramas. Asemejémoslos al cocido. Esto, desaconsejable para una dieta continuada en la vida real, aunque hay de todo en la viña del Señor, es aceptable para un cinéfago.

Se puede apartar un tiempo a John Ford y Orson Welles, y pasarnos a Bruce Willis o Van Damme, incluso mezclarlo, puesto que, aún diferentes en calidad (y a veces en ocasiones puntuales eso está por ver…) todo es Cine. El caviar no puede anular los huevos con jamón. No es justo, ni realista. Cada cual tiene su hueco y su momento. El único criterio irrenunciable para el cinéfilo es el entretenimiento. Sin embargo, hay entretenimientos que requieren más trabajo y sensibilidad que otros, aunque como dirían en “Irma la dulce”, “pero eso es otra historia”.

Quede claro que no defiendo igualar las calidades, véase más bien como una invitación a apartar los prejuicios y animar a las exploraciones. Una peli de acción bien puede ser una obra maestra, y un trabajado melodrama un experimento fallido. Y no sólo eso, a veces apetece ver a Charles Bronson repartiendo estopa antes que por enésima vez “Centauros del Desierto” (y eso que es mi película favorita –esta afirmación también es una declaración de intenciones para los lectores–), así de prosaico… y eso también “vale”.

Hasta aquí llega esta divagación, pues realmente lo ha sido, por lo desordenado y esbozado de las ideas. Confío en haber resaltado medianamente la tesis que pretendía defender, aún no muy elaborada, pero acostúmbrense. No recuerdo quien dijo de los matemáticos que se dividían entre quienes construyen grandes autopistas de varios carriles, con todo rigurosamente explicado y demostrado; mientras otros se adentran en la selva, en territorio inexplorado, no dejando más que hierba pisada y unas pocas ramas rotas en su camino en forma de proposiciones, conjeturas y teoremas pobremente demostrados, pero cargados de hallazgos intuitivos. Temo ser del último tipo.

2011-07-09T18:12:56+00:00 Tribuna|1 comentario

Un comentario

  1. Herman Rios Castro 7 julio, 2011 en 13:25 - Responder

    Dentro de mis andanzas por este mundo encantador y revitalizante del Cine y sus estrellas soy siempre un niño curioso,inquieto,ingenuo ,,,,,que una golosina le cae de maravillas, y un helado de ron con pasas lo degusta encantado.Hay jornadas de chucherías .Pero cuando hay que acudir a la fista de la familia ,en donde nos presentan el buffet mas variados allí nos ubicamos dispuestos a degustar ese banquete .En mi memoria de nió siempre quedaran plasmadas algunas jornadas inolvidables ,por ej:las de vaqueros , Alan Ladd,Gary Cooper,Clint Esatwood,,;las grandes producciones como LOs Diez Mandamientos ,,etc,,pero el deseo ,siendo mayor de madurar tambien nos conduce a Buñuel,Tornatore,Fellini,Tati,,,los «duros» del cine .Es cierto , la atragantada del niño por los dulces (por ver cine) es interminable .

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