Contaban historias sobre un cineasta que había abandonado su estado mortal para trascender. Las salas se volvían luz y se oía la risa del alma humana. Sin embargo, algunos advertían de que esto era solo un truco del Maligno para tentarnos y hacernos perder nuestro dinero y nuestro valioso tiempo. ‘El árbol de la vida’, de obra maestra a auténtica tomadura de pelo. Mi inquietud de cinéfilo me ayudó a vencer el miedo que me atenazaba. Me planté en el cine. Terrence Malick, muéstrame eso que has hecho.
Al contrario que gran parte de la gente con la que he hablado sobre esta película, yo sí he conseguido un término medio. ‘El árbol de la vida’ es una película elaborada con una inconmensurable ambición personal. Está rodada con verdadero ahínco artístico. Eso es algo que se nota desde el principio en una cinta tan distinta que abandona el concepto de cine que la gente suele tener. Primero, porque carece de estructura narrativa. Salvo un puñado de ellas, puede usted cambiar el puzzle de secuencias a su antojo. Porque Malick no cuenta, crea sensaciones. Segundo, porque la catarata de imágenes es tan intensa que Malick arrastra al espectador a un universo con centenares de espacios fílmicos simultáneos, podríamos decir, tal es la velocidad con que vamos de una situación a otra.




