Me estaba muriendo de aburrimiento en casa. En la calle hacía un calor infernal. Qué mejor solución, pensé, que meterme al cine. Resulta que me topé con un buen estreno de verano, un lujo entre tanta morralla. Para más inri, entré a la sala vacía con la mirada puesta en el caótico embeleco de ‘Perdidos’, la serie que dio el éxito al director y guionista de ‘Super 8’, J. J. Abrams. Como sean dos horas de artificio, vamos apañados. Pronto descubrí petróleo, una historia tierna y accidentada, con sonoridad pero sin ruido. El trabajo de producción de Steven Spielberg aporta la humanidad y los recuerdos de aquellas películas suyas, ‘E.T.’ y ‘Encuentros en la tercera fase’.
‘Super 8’ arranca soberbia. Un pueblo de Ohio, 1979. El chico Joe (Joel Courtney) que se queda sin madre. Una pandilla de críos que está rodando una película de zombis en 8 mm. La chica Alice (Elle Fanning) que llega para rodar unas secuencias. Joe que fibrila en su presencia. Una noche de rodaje en la estación, pasa un tren. Una camioneta invade la vía. El ferrocarril descarrila. Los niños corren y no pararán, porque entonces se desata el misterio. ¿Qué transportaba el tren, por qué ha llegado el ejército a tomar el pueblo y a qué responden los inquietantes sucesos que atemorizan a la población?









