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Crítica: ‘Super 8′ de J. J. Abrams

Me estaba muriendo de aburrimiento en casa. En la calle hacía un calor infernal. Qué mejor solución, pensé, que meterme al cine. Resulta que me topé con un buen estreno de verano, un lujo entre tanta morralla. Para más inri, entré a la sala vacía con la mirada puesta en el caótico embeleco de ‘Perdidos, la serie que dio el éxito al director y guionista de ‘Super 8’, J. J. Abrams. Como sean dos horas de artificio, vamos apañados. Pronto descubrí petróleo, una historia tierna y accidentada, con sonoridad pero sin ruido. El trabajo de producción de Steven Spielberg aporta la humanidad y los recuerdos de aquellas películas suyas, ‘E.T.’ y ‘Encuentros en la tercera fase’.

 

‘Super 8’ arranca soberbia. Un pueblo de Ohio, 1979. El chico Joe (Joel Courtney) que se queda sin madre. Una pandilla de críos que está rodando una película de zombis en 8 mm. La chica Alice (Elle Fanning) que llega para rodar unas secuencias. Joe que fibrila en su presencia. Una noche de rodaje en la estación, pasa un tren. Una camioneta invade la vía. El ferrocarril descarrila. Los niños corren y no pararán, porque entonces se desata el misterio. ¿Qué transportaba el tren, por qué ha llegado el ejército a tomar el pueblo y a qué responden los inquietantes sucesos que atemorizan a la población?

La golfilla (1979, Jacques Doillon)

Rebuscando por ahí encontré ‘La golfilla’ (‘La Dròlesse’), una película francesa fascinante, nominada a la Palma de Oro en Cannes. El argumento es el que sigue: la pequeña Mado tiene once años y su infancia no es feliz. En un par de escenas conocemos su desazón, su profunda tristeza al no sentirse amada. En el pueblo hay un joven de diecisiete. François es un chico solitario. Se diría que tan triste o más que la pobre Mado. François se cruza con ella en la carretera de cuando en cuando. Frustado por su existencia gris, apocado, François se alegra con la dulzura de la niña. Hasta que un buen día decide secuestrarla. Pero, ¿cuáles son sus intenciones reales?

‘La golfilla’ es un cuento sobre la soledad y la falta de amor. Por qué no decirlo así, nos habla de unos jóvenes marginados. De una forma rara (con la retención de la niña) ambos encuentran cariño. Alguien con quien estar, con quien hablar y compartir sueños.

Quiero la cabeza de Alfredo García (Sam Peckinpah, 1974)

La maravillosa vileza de Peckinpah

Es difícil encontrar, en la historia del cine, un elenco de personajes tan perversos, tan desalmados, envuelto en una historia más sórdida. Y es que todo arranca con un “tráiganme la cabeza”, exhortación que vale un millón de dólares; evidentemente, por macabro que sea el deseo, la mayoría querrán satisfacerlo.

Sam Peckinpah (Grupo Salvaje, Mayor Dundee, Perros de paja, La huída) es uno de los directores que más ha trabajado la violencia en el cine, y bajo mi punto de vista, consiguiendo siempre extraer una belleza singular de los conflictos humanos. Personajes sin escrúpulos y siniestros comparten sitio con otros de rígidos códigos de honor, con una moral tan particular que a veces no se comprende.

Crítica: Picnic en Hanging Rock (1975, Peter Weir)

Peter Weir empezó a rodar en su país natal y fue uno de los hombres de la llamada ‘Australian New Wave’. La primera película que le consagró como cineasta fue ‘Picnic en Hanging Rock’, una joya del cine de misterio y sobrenatural. La severa nota del principio del film nos inquieta: “El sábado 14 de febrero de 1900, un grupo de chicas del Colegio Appleyard fueron a hacer un picnic a Hanging Rock, cerca del Monte Macedon, en el estado de Victoria. Durante la tarde, algunos miembros del grupo desaparecieron sin dejar rastro.” Así cuenta que ocurrió Joan Lindsay, la escritora de la novela homónima (1967). Según parece, los hechos que cuenta el libro nunca ocurrieron, aunque su autora siempre se negó a aclarar hasta qué punto la historia es, como ella asegura, una recreación de una desaparición verídica. Pero las dudas, la controversia, no son un obstáculo. Esta historia es grandiosa.

 

La adaptación cinematográfica de la novela es una pieza maestra. Una atmósfera de misterio sobrecogedora, que establece un lenguaje propio, de delicado lirismo, donde la belleza –de la naturaleza, de las dulces muchachas- se percibe inquietante. La narración posee desde el principio una perspectiva particular. Una voz en off nos dice que las cosas que vemos no son más que un sueño. Un sueño dentro de un sueño. La flauta de pan de Gheorghie Zamfir, las enamoradas alumnas en sus vestidos blancos, los poemas, la canción que canta Miranda mientras se peina. El ambiente de gozo y dulzura da paso, con la llegada de las chicas al campo y su decisión de partir a explorar las formaciones rocosas, a un cambio total de rumbo. Cambia la música por otra profunda, densa, llena de misterio. Como víctimas de un hechizo, las muchachas avanzan por entre las rocas, en una suerte de búsqueda espiritual que sobrecoge. El viento, la naturaleza viva, la delicadeza de los rostros de las chicas. La desaparición se ha consumado. La ambigüedad es absoluta. ¿Qué pretendían esas chicas? ¿Qué estaban buscando en ese estado como de trance? ¿Qué querían decir con sus extrañas palabras? ¿Secuestro, asesinato, suicidio, suceso paranormal?

Crítica: La noche americana (1973, François Truffaut)

La mejor ilusión

Fotograma de la película 'La noche americana', de François Truffaut

Hace no muchos días estuve charlando con un amigo, antiguo profesional del cine a a quien intentaré traer por aquí algún día, sobre el trabajo de producción. Me contó anécdotas increíbles y observó cuán complicado puede resultar el rodaje de una película. Habló de presupuestos imposibles, de actores alcoholizados que no retenían las frases, de lo que pasaba cuando el director agotaba todo el negativo y en el laboratorio no tenían más. Muchas historias a lo largo de muchos años de profesión, como es fácil entender. Pues bien, yo tenía pendiente ver una famosa película, del francés y también famoso François Truffaut, que se llama ‘La noche americana’* (‘La nuit americaine’) y que se me antojaba una hermosa manera de continuar esa conversación sobre el mundo del cine.

‘La noche americana’ cuenta el rodaje de una película titulada ‘Os presento a Pamela’, un drama romántico. Todo un equipo, dirigido por el personaje de Truffaut, con su productor, su maquilladora, su responsable de atrezzo, su regidor, sus operadores; todos juntos y revueltos, añadiendo los actores y actrices, representados en el cuarteto formado por la guapísima Jacqueline Bisset, Valentina Cortese, Jean-Pierre Aumont y Jean-Pierre Léaud. Como en toda película que se precie, también en el rodaje de Pamela abundarán los contratiempos: gatitos caprichosos, averias, visitantes pelmazos, actrices desequilibradas, líos amorosos. Todo lo que pueda retrasar o entorpecer el rodaje puede acontecer. Especialmente interesantes son los pequeños trucos, usados clásicamente en el cine, y que de una forma bien natural se nos van mostrando en a lo largo del rodaje.

Reseña: El desencanto (1976, Jaime Chavarri)

El fracaso es la más resplandeciente victoria

Leopoldo María Panero.

Conocí esta cinta por azar, cuando alguien cercano a mí me comentó acerca del impacto que le había causado un documental que encontró -por azar- en televisión. Es la clase de historia que te imaginas que existe, me dijo, pero que no te acabas de creer cuando la ves. Verdaderamente, el golpetazo que ‘El desencanto’ supone para el espectador es rotundo. Yo, al menos, quedé zaherido y desasosegado al conocer los testimonios de los Panero.

Durante los años del franquismo un poeta, Leopoldo Panero, un hombre de Astorga, supo encontrar un hueco en el régimen y hacer poesía. Tras su muerte, en 1962, la familia comienza a desintegrarse. Jaime Chávarri consiguió plasmar en el documental ‘El desencanto’, todo el mundo de almenas derruidas de su viuda Felicidad Blanc y sus tres hijos Juan Luis, Michi y Leopoldo María. Aunque los cuatro tienen características similares (viven de recuerdos difusos, a veces medio inventados, perpetuándose en la apariencia, con un grado importante de hipocresía y nihilismo), cada cuál tiene su historia propia. Todos hablan de todos, sin ocultar su asco por el otro, sacando las dagas ahí mismo, dando la cara. Pero a nadie parecen molestar los insultos. La madre, Felicidad, aparece como una mujer de gran inteligencia, que habla de sus recuerdos con un léxico y unas maneras como sacadas de un libro. Juan Luis es un poeta pedante y totalmente alejado de la realidad. Es el más apartado de la familia. No les soporta. Sobrevive en la bebida (tradición de familia) y con sus mitos. Michi, es el más hipócrita de todos ellos. Ajeno a cualquier problema, huye de la responsabilidad, convertido en un vago. Parece también el menos afectado mentalmente, eso sí. Y Leopoldo María es sin duda el personaje más impactante de este relato (F.1).