Crítica: ‘Black Mirror’, de Charlie Brooker

Pantallita, pantallita…

Tras terminar ‘The Wire’ ninguna serie había conseguido engancharme.  Como cuando te deja una novia, el resto simplemente, no te llaman. Hasta que un día encuentras otra serie que te hace despertar. Y lo más curioso, no es de la HBO. Lástima que la poca duración de ‘Black Mirror’ (tres capítulos de cuarenta, sesenta y cincuenta minutos respectivamente) la haga, sí, idónea por un lado para ver en una tarde, pero por otro demasiado escasa para robarle a mi querida obra sobre Baltimore el título de “mejor serie de la historia”. En cualquier caso, nada de ‘Juego de tronos’: la mejor serie del 2011 es ‘Black Mirror’.

Charlie Brooker (quien ejerció de crítico televisivo para The Guardian) nos trae uno de los proyectos televisivos más inteligentes de los últimos años, un cruel reflejo del mundo tecnológico en el que vivimos, tan oscuro como las pantallas apagadas de nuestros smartphones y ordenadores. Apuntándose al género de la ciencia ficción en su vertiente más distópica, no sólo inquieta por lo lúcido de su crítica sino también por  lo plausible de los contenidos de sus tres capítulos autoconclusivos e independientes.

En ‘El Himno Nacional’ el secuestro de la princesa de Inglaterra (ya hubiera sido demasiado el uso de personajes reales, y hay que recordar que la serie ha sido emitida en abierto en la televisión británica) pone en jaque al primer ministro cuando el pago para el rescate es una curiosa petición que le atañe personalmente.  ¿Una crítica al poder? También. Y digo “también” porque el mcguffin del secuetro sirve para traernos a la pantalla una reflexión sobre el uso, abuso y muy especialmente la velocidad de estos dos, de la información en un mundo donde Internet y las redes sociales parecen llenarlo todo. El pueblo sigue siendo el mismo de toda la historia, sólo que ahora tiene acceso a la información al momento, y nada de tiempo para asimilarla. Las opiniones cambian de igual forma, a la mínima, sólo que esa mínima es ahora mucho más rápida. Lo que dice Internet es la Verdad, incuestionable y, paradójicamente, momentánea.

’15 millones de méritos’, la segunda de las historias, revisita el clásico de George Orwell ‘1984’. Salvo que otra clase de totalitarismo se ha impuesto. Al igual que en la genial obra del escritor británico los individuos trabajan y viven en cubículos y las relaciones sociales son escasas e insatisfactorias, pero esta vez no es un sistema socialista ni el Gran Hermano los responsables de ello.  Contar más es destrozar el efecto de ir descubriendo el funcionamiento de esta distopía,  a la que a lo excelente de su planteamiento se unen  unas actuaciones memorables.

Si quedan fuerzas después de esta pesimista visión no sólo de la tecnología y la televisión, sino también del sistema y de las personas, el colofón a la serie lo pone ‘Tu historia completa’, la única pieza sin guión de Brooker, pero que no desmerece el conjunto. Como si Phillip K. Dick se hubiese lanzado a la máquina tras ver ‘Olvídate de mí’, aunque pueda parecer la que menos incide en el tema tecnólogico de las tres (mientras que es la que más lo hace en las relaciones), el tema subyacente esta claro: el mal uso que vamos a hacer siempre de la tecnología, por mucho que esta pretenda mejorarnos la vida, en este caso, un implante que permite grabar los recuerdos y volver a verlos como si fueran un vídeo.  Se acabó lo de “tú dijiste, yo no dije”, se acabó el olvidar. ¿Se acabó también el perdón?.

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Está claro que la televisión, en unos pocos años, se ha puesto a la altura y muchas veces más arriba de Hollywood. La gente sigue tantas series que no le da tiempo a ver películas, y lo prefiere así. La gente quiere historias a las que poder engancharse y que le sorprendan capítulo a capítulo. ¿Para qué una hora y media de intriga si puedo tener seis temporadas de ‘Perdidos’? ¿Para qué tres películas de ‘El señor de los anillos’ si puedo tener dos temporadas de ‘Juego de tronos’? Hay buenas series, pero, cuántas además de la que cito en la primera línea, la que ocupa esta entrada y quizá alguna elegida más salen del esquema “¿Qué pasará ahora y a qué personaje se van a cargar?”. ¿Cuántas van más allá?Aquí no hay historia épica ni intrigas, sólo tres reflexiones sobre adónde vamos y mucha mala leche:  la combinación ideal para hacer pensar al espectador, algo raro en nuestras pantallas hoy en día, quizá es que se hayan convertido ya en nuestros espejos negros.

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