Las zapatillas negras
Miedo, perplejidad, incertidumbre, psicosis. Poder, ambición, perfeccionismo, apoteosis. Una crítica de ‘Cisne negro’ (‘Black Swan’, Darren Aronofsky) debe incluir muchas palabras, pero esas ocho parecen obligatorias. La película que ha seguido a ‘El luchador’ (‘The Wrestler’, 2008) en la carrera del director neoyorkino, siendo angulosa y compleja, se presenta también mejor acabada. La lucha interior de la bailarina que interpreta Natalie Portman hace avanzar la historia de un modo tremebundo, agobiante, pero el conjunto es más sólido que la cinta que interpretó Mickey Rourke.
La sinopsis de esta película por momentos caleidoscópica es la que sigue: una compañía de ballet está preparando un nuevo montaje de ‘El lago de los cisnes’. El director ha decidido que la misma bailarina interprete al cisne blanco (Odette, la enamorada de Sigfrido convertida en cisne por el malvado Rothbart) y al cisne negro (Odile, la hija del hechicero que engaña al príncipe para que se case con ella, provocando el suicidio de Odette). Nina (Portman) es probablemente la mejor bailarina de la compañía en estos momentos, la más técnica. Es la indicada para el papel principal, el de cisne blanco, pero su personalidad le impide hacer el papel del negro. La llegada de una competidora, Lily, hará que Nina entre en una espiral de tensión y autoexigencia difícil de soportar.






