Programa doble: Pocahontas

A priori, un tema para niños (inevitable la herencia de Disney): la historia del capitán John Smith, conquistador en una tierra virgen, enamorándose de una nativa. En realidad, una excusa tan buena como cualquier otra para hacer dos películas que no dejan indiferente a nadie, situadas en polos opuestos a la hora de entender el cine, “El nuevo mundo” y “Avatar”.

Buen programa doble para abordar esta mítica historia. Con una no querrás dormirte, la otra no te dejará con su ruido y sus luces. En cualquier caso, más de cinco horas de cine para mantener los ojos muy abiertos.


EL NUEVO MUNDO – Terrence Malick, 2005

“El nuevo mundo” es el tercer largometraje de Terrence Malick, quien no se hizo esperar otros veinte años como con el anterior, “La delgada línea roja” (1998), dividiendo, como ya hizo con la obra ya citada o como volvería a hacer, esta vez de forma irreconciliable, con “El árbol de la vida” (2011, ganadora de la Palma de Oro), al común de los espectadores: obra maestra o tostón insufrible. Personalmente me coloco en el primer lugar. Desde el primer minuto asistimos a un collage de imágenes de la naturaleza, planos de miradas y subjetivos (imposible contabilizarlos), música clásica y escenas cortadas por donde nunca nos imaginaríamos, apoyándose en un fantástico montaje y haciendonos tomar parte activa en la historia para formar el todo de la narración, técnica ya presente en sus dos primeras películas, “Malas tierras” (1973) y “Días del cielo” (1978), que se ha erigido en rasgo sobresaliente de la personalidad de sus obras en este, podríamos decir, “segundo ciclo”, y que llevó a su máxima expresión en “El árbol de la vida”, abriendo, en el caso concreto que nos ocupa, nuevas posibilidades a una narración completamente lineal. Montaje quebrado (¿podría decirse?), varias voces en off, diálogos lacónicos, personajes en perpetua búsqueda de sí mismos y de algo más allá, tempo sosegado, absoluto predominio de la cámara en mano… ¡Señora, esto es puro cine indie! Y junto al uso de no sólo excelentes bandas sonoras originales sino también piezas de música clásica, excelentes trabajos actorales (que por lo que se ha podido saber, sin embargo, muchos son podados en la sala de montaje) y la capacidad/necesidad de hacer pensar al espectador son los puntos característicos de este gran cineasta.

“El nuevo mundo” no sólo cuenta la historia del choque de dos culturas (magistral la escena del avistamiento de los barcos por parte de los nativos) que empezarán a conocerse tímidamente y acabará en un baño de sangre, el panteísmo de los nativos, trasladados del mito del “buen salvaje” a esta película, frente al progreso de los europeos. No sólo la historia de amor imposible entre John Smith (gran trabajo de Colin Farrell) y Pocahontas (a quien por cierto no se le llama así en toda la película, pero sí figura en los títulos de crédito; interpretada por Q’orianka Kilcher, descubrimiento donde los haya de la película), magistralmente filmada y con una fuerza como pocas se encuentra en el cine. No sólo el proceso, a lo colmillo blanco, de la citada, quien pasa de ser libre por los bosques a abrazar la cultura de la vieja Europa y el bautismo de la mano del colono John Rolfe (Christian Bale, quien parece haber nacido para moverse en una película de Terrence Malick). Cuenta todo eso y lo hace maravillosamente. Pero también nos habla de la pérdida de un Paraíso, de nuestra incapacidad para la redención y comenzar de nuevo, ese algo dentro de nosotros que hace que se pudra lo que tocamos, a pesar de nuestras buenas intenciones.  Ese nuevo mundo que anida en nosotros, que busca una oportunidad para redimirse (al igual que Smith) y que la encuentra en el amor puro pero que (como demuestra Rolfe) sólo germinará cuando entremos en comunión que esa tierra a la que habremos llegado.


 

AVATAR  (James Cameron, 2009)

En la otra punta del cuadrilátero, “Avatar”, la película más taquillera de la historia (si no aplicamos la inflación, ya que en ese caso sería “Lo que el viento se llevó”, como bien me explicó el cerebro de este blog, Eduardo González), también la más cara (con 250 millones de dólares de presupuesto), pionera en el uso de la tecnología 3D (de eso no puedo hablar ya que yo la he visto en 2D) y que marca el regreso a la dirección de James Cameron doce años después de coronarse rey del mundo con la oscarizada (y para mí, muy sobrevalorada) ‘Titanic’ (1997), otro coloso de las multisalas. Su octavo largometraje de ficción (tras doce años perdido en el mar para traernos varios documentales y surcando el espacio de las nuevas tecnologías para hacer esta película, y supongo que para traerse también su nueva idea, minas espaciales, ahí es nada) nos trae la historia de un marine que llega a un mundo nuevo y se enamora de una nativa. Nos suena, ¿no? Viendo las respectivas filmografías anteriores de Malick y Cameron (el primero menos prolífico, aunque ninguno puede presumir de una extensa lista de títulos) podemos deducir que los trabajos van a ser diametralmente opuestos.

Porque el nuevo mundo de Cameron no es la Virginia de 1607 ni un paraíso en la tierra, sino una tierra (más bien una luna) que es un paraíso en sí misma, Pandora. No está habitada por nativos panteístas sino por indígenas azules de tres metros de altura también con la creencia de que Dios reside en toda aquella naturaleza, con la salvedad de que sus ritos los celebran conectándose al árbol sagrado cual ipods. Mola esa religión, que no es religión sino biología y que puede ser demostrada y medida (así es fácil creer, ¿no?). Digo esto porque es importante. Los Na’vi, así se llaman, no sólo respetan la madre naturaleza, sus animales y demás, sino que también tienen razón. No es que sean unos buenos tíos, es que son buenísimos y además están en lo cierto. En este “Pocahontas” espacial, los buenos son muy buenos. Y los malos, unos hijos de puta. Porque cuando llegamos a Pandora acompañando a Jake Sully (Sam Worthington) no hay choque cultural ni descubrimiento que contar. Los humanos llevan allí tiempo, y su objetivo es dejar el planeta hueco llevándose todo el mineral que contiene, un mineral valiosísimo y que “paga todo este montaje”, trasunto del litio o parecidos de nuestros días. ¿Paralelismo con las guerras de nuestros días? Evidentemente sí. ¿Simplón? Evidentemente también. A partir de aquí, tan previsible como puede imaginarse. El marine se convertirá en uno de ellos, literalmente además gracias a la tecnología “avatar”, y acabará enfrentándose a los malos malísimos de los humanos, que aprenderán por fin que lo importante no es tener mejor armamento, sino creer en la madre Tierra (y tener un Dios al que te puedas conectar por USB y que responde). “Avatar” es entretenimiento en estado puro, un envoltorio fascinante, que nos quedará boquiabiertos ante esas bestias alienígenas, la espectacularidad de sus combates y la belleza de esas medusas-luciérnagas. Un envoltorio, digo, que por desgracia está vacío. La tecnología y el presupuesto no pueden salvar esos conceptos planos, ese mundo de buenos y malos donde ya está todo previsto para que salgamos con la moralina bien aprendida y no se nos ocurra ni arrancar una hoja antes de llegar a casa, rompiendo records de recaudación de paso.

Dos puntos a favor, sin embargo, en común a las dos películas: a pesar de su duración, dos horas y cuarto para “El nuevo mundo” (no ha llegado a España, por desgracia, la edición extendida de 177 minutos) y tres horas para la edición extendida de Avatar (es la única que he visto, creo que la estrenada en cines se quedaba en 160 minutos), ninguna de las dos aburre y la atención, por factores distintos obviamente, es constante. El otro punto: las dos cuentan con banda sonora original a cargo de un grande, James Horner, aderezada con piezas de música clásica una, con canción tipo Disney en los créditos la otra.

 

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