El intendente Sansho (Kenji Mizoguchi, 1954)

Crueldad intolerable

El cine japonés siempre ha dado títulos en los que la violencia, la injusticia y la brutalidad estaban presentes. Muchas han hablado sobre la época feudal de aquel país. Sin ir más lejos, en el año 1954 se estrenó, además de ‘El intendente Sansho’, la película de Akira Kurosawa ‘Los siete samuráis’. Los que conozcan este film sabrán que violencia, injusticia y brutalidad hay para rato (para más de tres horas de película, de hecho). También llama la atención que tanto una como la otra ganaron el León de Plata en el Festival de Venecia de aquel año 1954. Cosas de la vida.

De ‘El intendente Sansho’ se dice que es una de las mejores películas de la historia, particularmente del cine japonés. Esta cinta de Mizoguchi es muy apreciada por los cinéfilos (tómenlo como prefieran).  Esta es su historia: cuando el gobernador es obligado a exiliarse, su familia quedará sola. Su mujer y sus dos hijos, Zuhshiô y Anju, se verán entonces en mitad de un viaje hacia otras tierras. Pero la mala suerte se ceba con la familia. Engañados, son vendidos como esclavos. Los niños son separados de su madre y enviado a las tierras del terrible Sansho. Así arranca esta pieza soberbia de maldad y supervivencia.

Kenji Mizoguchi (‘La señorita Oyu’, ‘Cuentos de la luna pálida de agosto’, ‘Vida de Oharu, mujer galante’) escribe un relato duro pero de extrema belleza. El maestro japonés del melodrama se expresa con una delicada forma de mostrar y ocultar. La tragedia de la familia, la vergonzosa transformación de Zushiô en un hombre despiadado al servicio de los amos, la relación con su hermana Anju. ‘El intendente Sansho’ es una película tejida a conciencia. Además de un alegato contra la esclavitud es un mundo de relaciones perdidas, de hermosos recuerdos de infancia rotos por la inclemencia de los captores.

Una de esas películas necesarias. Pese al salvajismo, la barbarie, ‘El intendente Sansho’ calma con su belleza única. Poética a la japonesa, tan dotada para extraer el máximo a cada encuadre. Cada rostro daría para un poemario.

No es ‘El intedendente Sansho’ una película fácil para ver con una pizza. Requiere entrar en ella con una mirada especial, cuidada y sentida. Recuerden que antes les dije que era un filme apreciadísimo por los cinéfilos. Tengan eso en cuenta, no vaya a ser que se aburran como ostras. Ahora, si les apetece reposo y una lírica de singular sensibilidad acudan sin dudarlo al maestro del melodrama Kenji Mizoguchi.

Caridad, ferocidad, amor, dominación, canciones y recuerdos. Opresión y humanismo. Tapiz de hilo fino, escenas maravillosas e imágenes imperecederas.

No les puedo contar más y tampoco quiero. Esta es mi recomendación de hoy. Queda a su juicio el atreverse o no con esta cinta, obra maestra a ojos de muchos. Para mí, lo es.

Un comentario

  1. Alvaro03 31 marzo, 2014 en 17:34 - Responder

    Efectivamente una de las mejores peliculas del cine japones (y llevo vistas unas cuantas). De una belleza portentosa.

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