Crítica: ‘Hara-kiri: Muerte de un samurái’, de Takashi Miike

El hiperactivo, aunque de cámara lenta, Takashi Miike nos presenta una película de samuráis y ronin (como los anteriores pero sin señor) en la que las catanas tienen su importancia pero no al estilo al que el cine oriental -o él mismo- nos ha acostumbrado de peleas ingentes y constantes, aunque el guiño al género es inevitable. De hecho, el trabajo de Miike es un remake -dicen que muy fiel- al original firmado por Kobayashi hace medio siglo.

Es una película que golpea de lleno nuestros prejuicios sobre el cine de samuráis en sus primeros compases en los que nos percatamos que estamos ante algo diferente, reflexivo, donde el honor y la tradición japonesa pesan mucho más que el correcto manejo de la espada. El problema surge después, cuando nos cuenta la historia de los ronin que acuden a suicidarse, pues una buena elipsis nos habría ahorrado fácil media hora de metraje porque lo que se cuenta, con escaso ritmo, poca luminosidad y escuetos diálogos, se podría haber resumido.

Por suerte, retoma el pulso al final, y es que ‘Hara-kiri’ parece dos películas en una y, sin duda, la que se desarrolla en el patio de la academia es la mejor, por no decir que es fabulosa. No digo nada cuando a la solemnidad de sus escenas se añade la nieve del invierno nipón. Por eso habrá quien acepte de buen grado los defectos a cambio de esos momentos de belleza, quien busque peleas y encuentre una paz furiosa y quien sienta que no ha percibido lo mismo que todos esos críticos que ensalzan el antepenúltimo rodaje -por decir algo- del prolífico autor de la mejor ’13 asesinos’.

Trailer de »Hara-kiri: Muerte de un samurái’

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