Crítica: ‘Bestias del sur salvaje’, de Benh Zeitlin

Película de descubrimientos: el de su director novel, Benh Zeitlin, y el de la pequeña Quvenzhané Wallis, la más joven nominada al Oscar a mejor actiz, que es quien lleva el peso de la narración, ayudada de su padre ficticio, en torno al cual gira la trama llorona del filme. Eso sí, su director acierta al evitarnos el tono ñoño tan habitual en este tipo de películas con niños en riesgo de quedarse solos en este mundo como protagonistas, algo de lo que no supo desprenderse Stephen Daldry en su último trabajo.

Pero esa no es más que una historia de las que encierra este formidable debut, pues también habla de la libertad casi indígena en el mundo occidental, de la naturaleza y del apocalipsis a ojos de una niña. De ahí que esté repleta de referencias, la más clara al huracán Katrina, pero que también se puedan percibir ciertos parecidos con películas como ‘Slumdog Millionaire’, con quien comparte la osadía e inocencia infantil en un mundo de pobreza; o con ‘Donde viven los monstruos’ en ese toque fantástico que le da aspecto de cuento infantil, aquí como metáfora de la muerte y su aceptación; incluso con ‘Waterworld’, por esa antesala del fin del mundo rodeada de agua.

Sin duda, totalmente merecidos sus triunfos en los festivales de Cannes, Sundance, Deauville, Seattle o Reykjavik, que han servido de lanzadera hacia los Oscars donde acumula cuatro candidaturas que no incluyen su banda sonora, una  acertada elección de temas musicales para ganar en ritmo y suavizar el melodrama. Y como poso reflexivo, su ideal de vida, la libertad y la belleza que reside en ella, amén de una inocencia primigenia acorde al reducto de naturaleza pura donde habitan estas “bestias”, que es su razón de ser.

Tráiler ‘Bestias del sur salvaje’

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