Crítica: ‘Amor’, de Michael Haneke

La última obra de Michael Haneke colecciona premios allá por donde pasa. Arrasó en la gala de la Academia del Cine Europeo y ahora, con cinco nominaciones a los Oscar, nos llega esta película en la que se aprecia la habitual dirección desnuda del alemán, aquí sin una sola nota musical más allá de las que emanan del piano. Un formalismo en consonancia con el título que es, en sí, todo un atrevimiento y una declaración de intenciones.

Narra una historia común, la de un anciano matrimonio muy bien avenido, con dos personajes tiernos, apenas cascarrabias, próximos al ideal que tenemos de la palabra “abuelo”. A estas alturas no hace falta decir que Jean Louis Trintignant y Emanuelle Riva bordan sus papeles, algo que tampoco sorprende si revisamos su filmografía (la de él a finales de los sesenta y principios de los setenta; la de ella en los cincuenta). Lo que tienen entre sus manos no es más que un regalo que les ofrece el realizador de ‘La pianista’ o ‘Funny Games’ para poner un broche de oro a sus carreras tras décadas de trabajos menores.

En ‘Amor’, Haneke vuelve a su hábitat: las casas. Le encanta adentrarse en la guarida de las personas, de las familias, jugar con sus espacios cerrados y mostrarnos cómo reaccionan sus personajes ante situaciones extremas o, simplemente, ante acontecimientos para los que no están preparados y que él diseña con una meticulosidad enfermiza. Si con ‘La cinta blanca’ buscó trascender y sutilmente hablarnos de los orígenes del nazismo, en ‘Amor’ pinta una realidad libre de artificios, sosegada, que se cuece al fuego lento de los diálogos, que no engaña y que, por tanto, ojo, puede que no termine de sorprender.

Tráiler ‘Amor’

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