Crítica: Cuatro confesiones (1964, Martin Ritt)

Llueve sobre mojado

‘Cuatro confesiones’ fue la adaptación occidental de una de las obras maestras de Akira Kurosawa, ‘Rashomon’. A pesar de la discusión clásica sobre si un remake pierde o no valor por el mero hecho de serlo, ‘Cuatro confesiones’ se defiende de esta crítica con gran agilidad: si a Kurosawa le inspiró tanto el western, porqué no adaptar una de sus películas al estilo Hollywood. Creo que el invento no sale mal parado en absoluto.

 

Antes de avanzar, recordar al lector que ‘Rashomon’ no es la única obra del maestro japonés adaptada en occidente. Ese mismo año, Sergio Leone filmó su célebre ‘Por un puñado de dólares’ a partir de la japonesa ‘Yojimbo’. Walter Hill volvió a adaptarlo en ‘El último hombre’, con Bruce Willis y Christopher Walken. Pero es que a su vez, Kurosawa creó ‘Yojimbo’ sobre la base de dos novelas de Dashiell Hammett, ‘Cosecha Roja’ y ‘La llave de cristal’. Otro remake célebre, ‘Los siete magníficos’, de John Sturges.

 

De cualquier manera, y aunque las comparaciones son inevitables, me gusta tratar a las películas por separado, como “sucesos independientes”, y la verdad es que  ‘Cuatro Confesiones’ es una buena película, porque parte de un argumento atronador.

 

En una noche lluviosa, con cortinas de agua que inundan todo, un predicador, un trabajador y un bribón se encuentran refugiados en una desvencijada estación, pero el tren se retrasa. Algo parece afectarles. Poco a poco nos van desgranando lo que ha ocurrido. El día anterior han presenciado el juicio a un bandido mejicano (Paul Newman), a quien se acusa de haber violado a una mujer (Claire Bloom) para después asesinar a su marido. Y cada uno de los testigos en el juicio ha dado una versión distinta.

 

A través de la reconstrucción de los hechos, la narración va explorando las miserias del alma humana, las mentiras, la vanidad, la crueldad y la brutalidad, la cobardía y el egoísmo. La fuerza de las imágenes ayuda a este propósito. El ultraje y las peleas transcurren en una especie de claro de bosque, protegido de las miradas por la naturaleza, creando un espacio íntimo. Los testimonios del bandido, de la mujer, del marido muerto –a través de un chamán- y de uno de los testigos, van creando la acción, repetida cuatro veces, hasta que se distorsiona y se hace incompresible. De repente, ya no hay verdad.

 

En segundo término, los tres hombres que dejamos en la estación. El predicador se siente azorado, pues ha visto lo que los hombres llevan dentro, escucha los ácidos comentarios del estafador al que interpreta el siempre excelente Edward G. Robinson. Él, que es un tramposo, se toma todo esto de otra manera. Su personaje aporta la filosofía, dando en el clavo y sentenciando.

 

La obra original, ‘Rashomon’, más superior y con más poesía, se respeta en todo momento, hasta el punto de que algunos pasajes recuerdan lo japonés. Pero ‘Cuatro Confesiones’ funciona muy bien como adaptación western, consiguiendo comunicar la misma idea, repitiéndola casi con idénticas palabras, pero actualizándola “a la occidental”. Sin embargo, en Estados Unidos no funcionó bien y recibió críticas malas. Después de que ‘Rashomon’ se hiciera con el Oscar a la mejor película extranjera de 1951, no parece que a los americanos les hiciera gracia ver a Paul Newman disfrazado de mejicano, no sé.

Un comentario

  1. Cristina 22 marzo, 2011 en 22:34 - Responder

    Suena muy bien!!
    ¿Qué les pasa a los japoneses con el tema de las versiones de la misma historia?

Deje su comentario