Crítica: ‘Valor de ley’ (1969, Henry Hathaway)

Inspirador clásico del western

Se acerca el estreno español de la nueva película de los Coen, ‘Valor de Ley’, un remake del film del mismo nombre que Henry Hathaway rodó en 1969, y que se haría famoso por permitir a John Wayne hacerse con su único Oscar. Quiero recordar hoy la cinta original, sin ánimo alguno de que sirva para la comparación con lo que Joel y Ethan Coen nos tengan preparado. Tendremos que esperar al 11 de febrero para verlo en las pantallas de nuestro país, aunque parece que está funcionando muy bien en Estados Unidos. Pero demos un repaso a la cinta original, a modo de aperitivo.

‘Valor de Ley’ es una película western. Pero ‘Valor de Ley’ también es una película de aventuras. Basada en la novela de Charles Portis, cuenta la historia de Mattie Ross (Kim Darby), una niña de catorce años cuyo padre ha sido muerto por Tom Chaney, y que buscará justicia. Para ello contratará los servicios de “Rooster” Cogburn (John Wayne), un añoso agente federal conocido por su dureza con los criminales. A la caza del asesino se ha de unir un tercero: La Boeuf (Glen Campbell), un Ranger de Texas que persigue a Chaney por haber matado a un senador.

Yo no diría que el tema sea la venganza -aunque sí lo sea el argumento-, sino más bien los principios morales y el valor (recordemos que el título’ True Grit’ hace referencia precisamente a las agallas). En esta aventura todos son unos cabezotas. Quien comienza todo, la niña Ross, es una testaruda de primera que tiene además un profundo sentido de la justicia: siempre protesta cuando considera que se le está haciendo una injusticia, sacando a relucir a su notable abogado; quiere estar presente en la captura de Chaney; administra el dinero de forma proverbial y odia a los bebedores –nótese que Chaney estaba borracho cuando mata a su padre-. Rooster (apodo que podríamos traducir con palabras como gallito, vanidoso o machote), es fiel a su estilo duro y despiadado, amante del dinero, del whisky, del gatillo fácil. Ambos querrán llevar sus valores y su forma de ser hasta las últimas consecuencias.

Se nota la presencia de la religión y la moral. Este punto de vista se observa desde el comienzo, cuando la niña llega a Fort Smith para hacerse cargo del cadáver de su padre, y encuentra que todo el pueblo ha ido a presenciar el ajusticiamiento en la horca de tres criminales, mientras cantan a coro Amazing Grace y un niño vende cacahuetes. Parecen estar allí por el mismo sentido del deber que una mujer le achaca al juez que los ha condenado. Tal vez sea por este espíritu moralista (ojo por ojo, pero siempre que sea justo) por lo que la película es más brillante y más fresca de lo que cabría esperar en una historia de venganza. Es casi una película para toda la familia, a pesar de los tiroteos y los difuntos. El carácter moralizador es evidente (la familia, el camino recto, la justicia, la responsabilidad).

Destacar la aparición del gran Robert Duvall como “Lucky” Ned Pepper (el cabecilla de la banda de bandidos a la que se ha unido Tom Chaney), y del desaparecido Dennis Hopper (que interpreta a Moon, uno de los compinches). Música de Elmer Bernstein y paisajes verdiazules rodados en Technicolor completan el cuadro de este film, producido por el gran Hal B. Wallis (quien firmara grandes clásicos como ‘El capitán  Blood’, ‘Casablanca’, ‘El sargento York’, ‘El halcón maltés’ o ‘El último refugio‘).

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