Crítica: ‘El crimen del padre Amaro’, de Carlos Carrera

El México del cine siempre me ha parecido una tierra extraña, sucia de supersticiones y despiadada en comportamientos sociales. Un lugar para huir, del que no se puede escapar. Un lugar donde el pecado es tan perpétuo como el sol del cielo, tan oscuro como la tez de los que allí habitan.

Precisamente es «El crimen del padre Amaro» un intenso muestrario de pecados. Aunque el foco se dirige sobre la vida de un sacerdote, no hay personaje que pase por delante de la cámara sin que ésta le retrate como pecador.

La más que correcta dirección de Carlos Carrera provoca situaciones e imágenes de enorme claridad, escenas en las que lo inmoral, lo repugnante y lo más egoista de los hombres queda al descubierto. Es, sin duda, de una eficacia sobrada en su narrativa y plasticidad.

Brilla el trabajo actoral -potente, sólido- del siempre excelente y tristemente desaparecido Sancho Gracia. Interpreta a un sacerdote colmado de contradicciones. Bellísima es la niña Amelia (Ana Claudia Talancón): cirginal y serena, víctima inocente. Apesar de su cara de -perdón- lelo, Gael García Bernal logra una interpretación agradecida de un padre Amaro al quien veremos caer en la iniquidad mucho antes de lo que su agradable aparición inicial nos permitiera pensar.

Hermosa y cruel y extaña reflexión sobre el pecado y la podredumbre de las estructuras sociales. Recomendable drama mezcla de religión, política y pasión. Humanamente inmoral, por ello recomendable.

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