Crítica: ‘El niño de la bicicleta’, de los hermanos Dardenne

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Fotograma de 'El niño de la bicicleta'

Hermann Hesse escribió un relato llamado ‘Alma de niño’. La mirada del adulto vuelve atrás para encontrarse con el miedo y la dificultad para vivir. Aquellos años infantiles se recuerdan. Los fuertes sentimientos que el narrador desgrana fueron acciones casi automáticas en su día. El niño simplemente vivía. Se enfrentaba a sus padres, reñía y sus emociones no eran fáciles de comprender. Pero allí estaba el niño, vivo, y no tenía más remedio que seguir buscando.

La última película de los hermanos Dardenne, ‘El niño de la bicicleta’, está dibujada con trazo limpio. Estos dos belgas apuestan por la claridad narrativa y crean un cuento de gran interés. Una película pequeña y agridulce, como un bombón relleno de licor. ‘El niño de la bicicleta’ es un pasaje de la vida de Cyril, un niño al que su padre ha abandonado en un centro de acogida. Falto de cariño, su afán es volver a vivir con su padre. Se escapa, le busca. Pero no hay nada que hacer. Su padre se ha esfumado. Entonces aparece Samantha (Cécile de France), una peluquera que le acogerá los fines de semana. Este es el planteamiento inicial, pero las heridas de Cyril siguen abiertas.