Crítica: ‘Las brujas de Zugarramurdi’, de Álex de la Iglesia

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Si los americanos tienen a Tim Burton, está claro que nosotros tenemos a Álex de la Iglesia. ‘Las brujas de Zugarramurdi’ es otra muestra más del cine cómico, esperpéntico y grotesco al que nos tiene acostumbrado (con mayor o menor acierto) el expresidente de la Academia de Cine. En esta ocasión se ven similitudes con una de sus obras más grandes, pero también más polémica, como es ‘Balada triste de trompeta’.

El parecido se aprecia desde los títulos de crédito iniciales que recuerdan mucho a los de aquella, aunque ahora los Dalí, Franco y compañía dan paso a una retahíla de -supuestas- brujas. Y como en la película de los payasos, el inicio es lo mejor, con un atraco rodado de manera ejemplar al compás de la música de Joan Valent. A lo largo del filme se advierten otros destellos de calidad, pero ya todo estará abocado al desenfreno sin guion.

Si en ‘Balada triste de trompeta’ arriesgaba con tirar todo el buen trabajo por la borda con el hiperbólico desenlace, en ‘Las brujas de Zugarramurdi’ se intuye como inevitable cuando uno comprende por dónde van los tiros. Y es una pena, porque actuaciones como las de Terele Pávez (espléndida), Carmen Maura o Carolina Bang, musas del cineasta vasco, merecen su reconocimiento, algo de lo que no podrá presumir un Mario Casas al que no hay quien se lo crea excepto en un par de líneas.

Una vez que la historia se queda sin fuerza, de poco sirve ya resaltar su excelente apartado técnico, con unas notables fotografía, iluminación y diseño de producción; pero es justo hacerlo.

Tráiler de ‘Las brujas de Zugarramurdi’

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