Crítica: ‘La gran familia española’, de Daniel Sánchez Arévalo

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La gran familia española’ tiene la extraña virtud de empezar terriblemente mal y acabar de la mejor manera posible. Esta tragicomedia esconde un elaborado guion que contrasta con su aparente sencillez y banalidad. La final de España en el Mundial de Sudáfrica no es más que una excusa bien teledirigida para enmarcar unas cuantas rencillas familiares y líos amorosos que toman la boda del menor de cinco hermanos como su campo de batalla. Más o menos, como la vida misma.

Daniel Sánchez Arévalo se rodea de sus amigos y vuelve a contar con Antonio de la Torre, Quim Gutiérrez o Raúl Arévalo, soberbio aunque solo esté presente en cameos. Los hermanos en la ficción de De la Torre y Gutiérrez son Roberto Álamo, quien poco a poco se descubre como el principal elemento cómico, Miquel Fernández y Patrick Criado, mucho más correcto en sus escenas con Arantxa Martí y Sandra Martín en las que es más parco en gestos y se mimetiza con su personaje adolescente. A ellos se suman el cabeza de familia, Héctor Colomé, y la siempre espléndida -en todas sus acepciones- Verónica Echegui, que llama a las puertas de los Goya.

Sin embargo, la lucidez que muestra el director madrileño no encuentra su sitio en los primeros compases. En esos minutos todo se antoja impostura, como si ni los diálogos ni los personajes encontraran su hábitat y el choque intergeneracional derivara en una franca brecha. Quizás todo se deba a que al realizador de ‘Azuloscurocasinegro’ le exigimos que vuelva a rayar al nivel de su opera prima. Y a buen seguro que en ‘La gran familia española’ los espectadores no olvidarán fácilmente algunas escenas soberbias que te sacan hasta las lágrimas, si bien podría haber prescindido de los numeritos musicales.

Tráiler de ‘La gran familia española’

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