El director italiano Paolo Sorrentino, necesario en el panorama fílmico del país transalpino, acierte o falle, rinde tributo a la Roma contemporánea, la “berlusconiana”, partiendo del homenaje al clásico de Fellini ‘La dolce vita’. La comparación es inevitable, pero ‘La gran belleza’ posee la facultad de mostrarnos la cara chic y esperpéntica de la ciudad eterna, un marco incomparable para la tragedia y la comedia bufa. De todo ello da cuenta este drama por momentos grandioso.

De primeras, la presentación del personaje principal, un Jep Gambardella que viste las pieles de Toni Servillo, en un nuevo tour de force -y van…-, es prácticamente sublime. A partir de ahí, la fiesta, el cachondeo, la trascendencia, la contemplación, en definitiva, cualquier arista que asoma por este prisma increíble de la realidad romana, adquiere sentido. Y es que sin Toni Servillo, como vividor incansable, pero fracasado escritor, esta historia sería otra.

Si de algo habla ‘La gran belleza’, además de la búsqueda de lo sublime y de la desnortada realidad artística de la ciudad eterna, es de la capacidad que Roma, o la vida, posee para hacer añicos los sueños terrenales. Pero tanto pretende abarcar Sorrentino que peca de marginar la historia en beneficio de la imagen, a la altura, sin duda, de tan mágica ciudad, pero que deja un regusto amargo cuando se suman ciertas licencias que se toma el cineasta napolitano en su intento por mostrar la superficialidad de los estamentos de la Roma actual. En definitiva, son Sorrentino, Servillo y Roma y el viaje merece la pena.