Crítica: ‘El niño de la bicicleta’, de los hermanos Dardenne

Fotograma de 'El niño de la bicicleta'

Hermann Hesse escribió un relato llamado ‘Alma de niño’. La mirada del adulto vuelve atrás para encontrarse con el miedo y la dificultad para vivir. Aquellos años infantiles se recuerdan. Los fuertes sentimientos que el narrador desgrana fueron acciones casi automáticas en su día. El niño simplemente vivía. Se enfrentaba a sus padres, reñía y sus emociones no eran fáciles de comprender. Pero allí estaba el niño, vivo, y no tenía más remedio que seguir buscando.

La última película de los hermanos Dardenne, ‘El niño de la bicicleta’, está dibujada con trazo limpio. Estos dos belgas apuestan por la claridad narrativa y crean un cuento de gran interés. Una película pequeña y agridulce, como un bombón relleno de licor. ‘El niño de la bicicleta’ es un pasaje de la vida de Cyril, un niño al que su padre ha abandonado en un centro de acogida. Falto de cariño, su afán es volver a vivir con su padre. Se escapa, le busca. Pero no hay nada que hacer. Su padre se ha esfumado. Entonces aparece Samantha (Cécile de France), una peluquera que le acogerá los fines de semana. Este es el planteamiento inicial, pero las heridas de Cyril siguen abiertas.

‘El niño de la bicicleta’ ha sorprendido a la crítica. Ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes (ex-aequo), el filme no cuenta nada especialmente novedoso. Ya hemos visto historias parecidas. Lo interesante de esta cinta es su carácter, la mirada del director. Cine de impronta social, pero sin trampas. Algo difícil de encontrar.

Los Dardenne han rechazado la imagen bella como forma de crear emociones. Son honestos, aún a riesgo de crear un producto menos vistoso. Solo a partir de las acciones de Cyril sabremos qué ocurre en su alma de niño. Siempre la cámara apunta al pequeño Cyril y le sigue a cierta distancia. O le persigue de cerca. Pero él no actúa para la cámara, sino para sí mismo. Para intentar comprender y seguir adelante. La contención es absoluta, pero no es frialdad en la forma de acercarse al problema. Todo lo contrario, el espacio que se interpone entre el chico y el espectador nos hace participar con Cyril de un mundo intratable. El niño anda con su bicicleta por la ciudad. Y no hay más sonido que el natural. La música se limita a un puñado de momentos en los que suena Beethoven, subrayando sentimientos.

La lucha constante entre el Cyril inquieto y arisco y la Samantha fuerte y cariñosa nos creará tensiones también a nosotros. Será misión del espectador interpretar los movimientos de adultos e infantes. El retrato propuesto por los directores es naturalista y no hay carteles de neón que nos hablen a gritos. Si somos capaces de bajar a este cine tan poco adornado encontraremos una hermosa historia con importantes matices. ¿Será capaz de transitar, querido lector, desde su mirada de adulto hasta su alma de niño?

Trailer de ‘El niño de la bicicleta’

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Un comentario

  1. marcelo gustavo 5 mayo, 2012 en 6:24 - Responder

    Maravillosa película que conmueve hasta las lágrimas.

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