Crítica: ‘Caníbal’, de Manuel Martín Cuenca

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Hay que partir de que ‘Caníbal’ es una película difícil, con la que parte del público no terminará de conectar. Quizás eso se deba a la frialdad con la que Manuel Martín Cuenca narra los hechos, o a la distancia que parece tomar con ellos, o a la desnudez a la que somete a su filme, diálogos incluidos, o a la temática que aborda, tan horripilante como atractiva. No en vano, personajes con gustos similares como Hannibal Lecter siguen alimentando secuelas y series de televisión.

Muy posiblemente el Carlos Márquez interpretado con maestría por Antonio de la Torre -el Goya al mejor actor principal ya tiene nombre- no se gane un hueco en el olimpo de los malos malísimos del séptimo arte por “culpa” de la arriesgada dirección de la que vuelve a hacer gala Martín Cuenca, quien regresa al cine negro copiando algunas de las claves que caracterizaron su prometedor debut con ‘La flaqueza del bolchevique’, otra historia de amor imposible.

Porque eso es lo que resulta ser ‘Caníbal’: un romance. Y esa relación tormentosa en la que confluyen la indiferente maldad del sastre con la ingenuidad, por partida doble, de Olimpia Melinte -gran descubrimiento de esta película- deja espacio a un inesperado humor negro algo chirriante con el conjunto de una obra reposada, con bellos encuadres, con escenas difíciles de olvidar y unos paisajes nevados de la sierra granadina a la altura del filme que debería haber representado a España en la carrera por los Oscar.

Tráiler de ‘Caníbal’

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