Critica: ‘Camino a la Libertad’ (2010, Peter Weir)

Recalculando la ruta

El australiano Peter Weir firmó en 2003 la magnífica ‘Master and Commander’ (que pude ver el fin de semana de su estreno en una sala de Pennsylvania, por cierto) y desde entonces nos ha tenido a la espera de nuevos trabajos. Lo que nos presenta ahora, siete años después, es una cinta de aventuras que se llama ‘Camino a la Libertad’ (‘The Way Back’), la narración de la verdadera historia de unos tipos que en 1940 escaparon de un gulag en Siberia, atravesando miles de kilómetros hasta la seguridad de la India británica.

Tras los tráiler de dos películas manifiestamente mejorables (‘El santuario’ y ‘Red’), lo que apareció en pantalla empezó, de menos a más, a trabarme. El planteamiento habitual de este tipo de películas de escape o supervivencia ha sido alterado con criterio por Peter Weir. Inspirado en el libro de Slavomir Rawicz ‘The Long Walk: The True Story of a Trek to Freedom’, el relato del periplo está tratado con especial cuidado. Lo relevante no son las biografías, sino el hecho del viaje –lo que no justifica que los personajes necesiten algo más de cuerpo-. Este punto me parece un acierto, porque elimina mucha carga dramática que hubiera convertido a ‘Camino a la Libertad’ en más de lo mismo, un grupo de personas que se sobreponen a la adversidad y logran, otra vez, la gran evasión. Por decirlo rápidamente, hubiera quedado “demasiado americano”.

Para los papeles principales se ha elegido a Jim Sturgess (’21 Black Jack’) -cabeza y motor de la expedición- a Ed Harris –un norteamericano frío y callado- y a Colin Farrell –en un estupendo personaje, asesino y tramposo-. Les acompañan algunos compañeros presos más, y una chica, Saoirse Ronan (nominada al Oscar por ‘Expiación’), otra refugiada. Algunos quedarán en el camino, y solamente tres, como anuncian al comienzo de la película, culminarán el viaje adentrándose en India.

Los amplios paisajes, las distancias inabarcables, la soledad del grupo de hombres, el apoyo mutuo. La monótona marcha de los fugitivos transmite una verdadera sensación de libertad. Las penurias, los breves momentos de tranquilidad, la fatiga, los primeros planos y las vastas extensiones de terreno. Todo pertenece a un juego de contraste que Weir hila a la perfección. En lo impersonal de la aventura logramos identificar lo importante, la lucha de los hombres por liberarse del terror de las dictaduras. Esta vez los malos son los soviéticos, lo que ayuda a equilibrar la balanza de la historia, pero el mensaje es universal. Hombres sencillos que caminan, caminan. Weir hace un buen uso de la elipsis para dar dinamismo a la historia. Creo que es uno de las razones por las que ‘Camino a la Libertad’ no me resultó aburrida. No obstante, mantiene las miradas y los planos expresivos cuando son necesarios, aportando esa humanidad necesaria. Deberían abstenerse los espectadores que gusten de guiones “parlanchines”. Los problemas aquí se solucionan andando, no hablando. Como dije al principio, no es una película de aventuras al uso. Quien haya hecho el Camino de Santiago entenderá lo que quiero decir: hay belleza y sentimiento en el mero hecho de caminar, de descansar, de compartir el agua y seguir andando. El valor de la libertad frente a la opresión es lo que aquí se intenta transmitir, y no se busca hacer una película de acción y palomitas.

Como conclusión, ‘Camino a la Libertad’ merece la pena, funciona bien dentro de este marco, pero no creo que sea exactamente lo que uno se esperaría de la historia de unos fugitivos. Es, sin embargo, una verdadera cura para el espíritu nacida del drama más terrible. Me gustó.

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