Crítica: ‘Los amantes pasajeros’, de Pedro Almodóvar

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Esta vez no. Pedro Almodóvar ha tratado de volver a sus orígenes desenfrenados, de desfase y desmelene, rendir tributo a la exitosa fórmula de ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ y sacudirse algo de tensión tras una década prodigiosa en la que sus peores trabajos seguían rayando a muy buen nivel. Sin embargo, ha firmado su peor película en quince años, por lo menos.

‘Los amantes pasajeros’ es una celebración, sin cortapisas ni engorrosos tabúes, del sexo. Es ahí donde acierta, en los episodios más alocados -nunca esta palabra fue tan apropiada, ni siquiera en el universo almodovariano reciente-, en los que se deja llevar por una pléyade de actores de altos vuelos que, sin embargo, parecen estorbarse. Tantos rostros conocidos, y tanto talento en la mitad de los casos, genera una sensación de personajes desperdiciados de los que apenas sabemos nada. Quizás un poco más de contención a la hora de aglutinar historias en el avión habría sido un acierto.

Porque si algo falla es el guion. Casi inexistente. Alguna broma ingeniosa, alboroto, mucho sexo de boquilla pero nada explícito y, entre medias, sopor y enredo sin fundamento. Aderezado con una estética de colores pastel firma de la casa y un vestuario a cargo de David Delfín, por supuesto, al son de la música de Alberto Iglesias que aporta brillo en determinados momentos. En definitiva, mucho potencial desperdiciado -en especial Raúl Arévalo, muy cómodo en un papel que se le queda pequeño- para un filme del que solo he paladeado una escena interpretada por Lola Dueñas.

Teaser tráiler de ‘Los amantes pasajeros’

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