El cine alemán de entreguerras

Alemania, una guerra y un cine

 

Era el día 11 de noviembre de 1918. Un grupo de hombres se sentaba en el vagón de un tren, cerca de Compiègne. El destino de este tren era el armisticio, firmado por las partes involucradas en la Primera Guerra Mundial. Este sería el comienzo de un periodo terrible para Alemania. Tras la firma del armisticio llegaría la Paz de Versalles, momento trágico en el que los aliados, vencedores de la guerra, impusieron unas disposiciones económicas que eran, en palabras de Winston Churchill, “tan perversas y tan absurdas que evidentemente resultaron fútiles. Condenaban a Alemania a pagar unas indemnizaciones fabulosas. Estos dictados eran una manifestación de la ira de los vencedores”. 

No se puede pasar sin reseñar el aspecto puramente económico de este momento, pero no es el único elemento que nos ha de importar. Las repercusiones netamente políticas (señalar el proceso de desintegración del imperio astrohúngaro en virtud de los tratados de Saint-Germain y Trianón, a modo de ejemplo gráfico) que arrastran a la desesperación al pueblo alemán, nos interesan sobremanera.

Dado que nuestro objetivo es comprender la cinematografía de estas primeras décadas del siglo XX, debemos acercarnos por completo al interior del alma alemana. Seguiremos para esto las aportaciones del teórico Siegfried Kracauer, publicadas en su obra ‘De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán’.Este relato debe ser iniciado, cuando menos, en aquellos años previos a la guerra.

Asta Nielsen en ‘Hamlet‘ (1920)

Entonces, la industria cinematográfica alemana estaba terriblemente exangüe. Una producción insignificante, con algunas películas de detectives. Lo que triunfa verdaderamente son las cintas extranjeras: los western norteamericanos y las películas de Asta Nielsen. Hasta la guerra, Alemania es claramente un país deficiente en lo que se refiere al cine.

A la llegada de la guerra se unió un ímpetu nacional, un verdadero frenesí que, si bien parecía ser positivo para la nación alemana, más tarde se convertiría en la frustración que observamos en el cine. No obstante, esta energía rebosante, ligada a las fronteras cerradas, dio lugar a una gran demanda de producción nacional. La raquítica industria del cine alemana, que contaba con 28 productoras en 1913, pasó a ser, en el plazo de unos años, un gigante de 245 productoras, allá por 1919. Un auge brutal que repercutirá en la importancia social del cine como entretenimiento y vía de escape.

‘Der Student von Prag’ (1913)

Haciendo un inciso, conoceremos de las primeras películas expresionistas, como ‘Der Student von Prag’ o ‘Der Andere’, ambas de 1913. Comenzamos a vislumbrar un método, obsesionado con el “yo”, que utiliza las películas como reflejo de un mundo interior. Esto lo veremos mucho más claro con los temas fantásticos y francamente expresionistas posteriores al fin de la contienda.

Tras la guerra, Alemania, zaherida, ve en el cine un particular aliado para su trágico estado de ánimo. Un profundo sentimiento de inferioridad recorre a los germanos. La reacción contra la frustración es un instinto destructor que busca la espita por la que huir. Las películas de carácter sexual, de gran difusión, hablan de una urgencia ansiosa. En palabras de Kracauer, son “un intento inconsciente de ahogar la conciencia de frustraciones íntimas y profundas”. ¡Cuántas veces no hemos hecho esto mismo cada uno de nosotros, acudiendo a los brazos del cine!

‘Die Büchse der Pandora‘ (G. W. Pabst, 1929)

En la misma época aparecerán (y tendrán también éxito) las películas de temática histórica. Otra vez lo mismo. Ahora es Oskar Kalbus (‘Deutsche Filmkunst’) quien lo describe: “En tiempos de emergencia nacional la gente es particularmente susceptible a que se le presenten grandes personalidades y periodos históricos”. ¿Pero es esto lo que quieren los alemanes? Esas cintas históricas tienen un ambiente cínico. No hablan de elevadas figuras ni prohombres, sino que nos muestran una historia sin significado, donde la ambición particular y los instintos más bajos se hacen palpables. Estas películas gustan a los alemanes porque niegan la historia como instrumento de justicia divina. Hemos perdido la guerra, pero eso no quiere decir nada. La historia, en definitiva, nada vale y no da ni quita razones.

‘Das Kabinett des Dr. Caligari’ (1920)

Una verdadera frustración. Angustiosa. La sociedad germana sigue buscando, y de su mano, el cine. Sin lugar donde agarrarse, con una estructura social deteriorada, Alemania hace triunfador al cine expresionista. Es un cine que pretende, ni más ni menos, expresar las experiencias. Y lo que los germanos sienten, lo que viven cada día, es que su mundo es caótico. De la anarquía emergen entonces los tiranos. Con precedentes como ‘Der Golem’ (1915) y ‘Hommunculus’ (1916), este tipo de historia vendrá a responder a una sensación dolorosa: que la condición caótica de la Alemania de posguerra es el terreno abonado para la tiranía, que se aprovecha de la anarquía para vivir. El cine alemán se llena de malvados profundamente dañinos: ‘Das Kabinett des Dr. Caligari’ (1920), ‘Nosferatu’ (1922), ‘Dr. Mabuse, der Spieler’ (1922). Un panorama desolador donde la rapiña y el terror dominan.

Por cerrar volviendo a citar a Kracauer: “El alma alemana, perseguida por las imágenes alternadas de dominación tiránica y del caos gobernado por el instinto, amenazada por la fatalidad, se sacudía en el espacio tenebroso como el barco fantasmal de ‘Nosferatu’.”

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