Una inconfundible estética teatral caracteriza esta enésima adaptación de la célebre novela homónima de León Tolstói. Una estética que embarga al espectador en un arranque pletórico, aunque chocante, de la que su director se desprende a su antojo según le conviene. Aun así, el teatro lo inunda todo y no se circunscribe al mero escenario, sino que trasciende en busca de la zona de poleas o del patio de butacas, un poco en sintonía con ese concepto del teatro envolvente del que Charlie Kaufman hacía una obsesión en ‘Synecdoche, New York’ (2008).
Keira Knightley regresa al género romántico y palaciego con la seguridad que le aportan sus trabajos previos con Joe Wright. En cierto modo, a caballo entre ambos. Imposible no comparar lo radiante que se muestra su Anna Karenina con su papel en ‘Orgullo y prejuicio’ (2005), o el dolor que siente su princesa rusa con el que le perseguía en ‘Expiación’ (2007). Y todo por amor, tema sobre el que pivota ‘Anna Karenina’ mientras da pábulo a hablar de la corte en tiempos de los zares, incluso con sus vocablos franceses, y de los postulados de la alta sociedad donde la imagen cobra vital importancia y las falsas sonrisas que tan bien borda Keira Knightley son el pan de cada día.













